Las protestas de las familias no son un episodio aislado ni una provocación coyuntural. Forman parte de una larga historia de búsqueda y exigencia de verdad de los colectivos que se ha sostenido durante décadas.
Un día previo al inicio de la justa mundialista, madres buscadoras de al menos diez entidades de la república (entre ellas, colectivos de la Ciudad y Estado de México, Guanajuato, Zacatecas, Nuevo León, Oaxaca, Guerrero, Puebla, Jalisco, Coahuila, Michoacán, Querétaro, y familias de migrantes desaparecidos) convocaron a una manifestación pacífica sobre Calzada de Tlalpan, desde la estación Registro Federal hacia el Estadio Azteca. Su camino fue obstruido por cientos de policías y por autoridades de la Ciudad de México, que buscaron proteger el recinto y priorizar “el derecho” a ver el partido, como se dijo desde el gobierno de la Ciudad, en vez de garantizar el legítimo derecho a la protesta.
Las madres colocaron sus carteles de búsqueda y hablaron de su lucha con medios nacionales e internacionales, además de realizar distintas actividades como las “Cascaritas por la memoria y el olvido” y dar lectura a un pronunciamiento donde enfatizaron: “No pretendemos arruinar su fiesta, al contrario, esperamos puedan disfrutar de los partidos; a nuestros seres queridos también les gustaba el futbol y hoy no están aquí para presenciar la copa”.

Una respuesta deplorable por parte de la ley
Las protestas de las familias no son un episodio aislado ni una provocación coyuntural. Forman parte de una larga historia de búsqueda y exigencia de verdad de los colectivos que se ha sostenido durante décadas —visiblemente también durante los Juegos Olímpicos del 68 y en el Mundial del 70— frente a la persistencia de las desapariciones y la impunidad que les rodea.
La respuesta que recibieron fue deplorable. No solo por la imposibilidad de llegar al lugar donde habían llevado en diversas ocasiones cascaritas y otras actividades en las últimas semanas de manera pacífica, o por ver un despliegue de fuerzas de seguridad y de apoyos institucionales que en la mayoría de sus búsquedas ciudadanas les son negados. Un día después de la protesta, la Secretaria de Gobernación señaló que investigaría los motivos y los recursos con los que se realizaron los traslados de madres buscadoras, especialmente de Jalisco, dejando ver que podría haber actores ajenos a la protesta involucrados. Por su parte, la presidenta de la República decidió minimizar la digna presencia de los colectivos aludiendo que hubo más asistencia de servidores públicos que de familiares durante la protesta; posteriormente expresó que, aunque hubo quien quiso mostrar otra imagen, en México solo había alegría del pueblo.
La respuesta se vuelve más insensible si se recuerda que son familias quienes, ante la ausencia o negligencia de acciones de las instituciones, buscan diariamente en campo, fiscalías, centros penitenciarios y otros espacios cualquier indicio que permita localizar a sus seres queridos, enfrentando incontables riesgos.

También ha habido solidaridad
En contraste con esta posición, y con enorme fortaleza, las y los familiares continuaron portando los rostros de sus seres queridos en el Ángel de la Independencia, en el Zócalo y en distintos espacios públicos el día de la inauguración de la Copa Mundial.
Ahí y en diversos momentos subsecuentes, las madres han recibido múltiples acciones de solidaridad de diversos sectores, no solo de la sociedad civil, sino de periodistas solidarios, de artistas, conductores, jugadores, hinchas y de la comunidad internacional. Las familias han insistido en que su objetivo no es confrontar la celebración deportiva, sino “iluminar la búsqueda”: aprovechar la atención global sobre México para sembrar conciencia y solidaridad frente a una crisis que no solo continúa sin respuesta, sino que no cesa.
La imagen de la afición sueca afuera del estadio de Nuevo León, escuchando a las madres de desaparecidos, comprendiendo la dimensión de su búsqueda y solidarizándose con ellas, representa lo que estos colectivos han dicho durante meses: que es posible disfrutar del Mundial sin darle la espalda a la realidad del país en el que se lleva a cabo la justa deportiva, incluso cuando esta es tan dolorosa como la crisis de desapariciones.
El acceso al deporte no está en disputa con la defensa del derecho a la protesta y del derecho de toda persona desaparecida a ser buscada, como lo exigen las madres buscadoras y como discutimos en la serie “Los derechos en juego”, disponible en formato pódcast en diversas plataformas. Más bien, exige empatía y cercanía tanto de la sociedad como de las autoridades, apostando a que es posible discutir estas realidades que afligen a todo el país. Se trata de una deuda impostergable, que no permite dejar pasar ni un tiempo ni un partido más sin atenderse.

