Las y los vagoneros, nuestros oídos y el neoliberalismo

*Opinión

“Todo lo demás –el sentido de nuestro destino individual– está rodeado de tenebrosos misterios,

que es temerario e imposible tratar de aclarar”.

Max Weber

Por Simón Hernández León/Centro Prodh

Las y los vagoneros en el metro | imagen retomada de Internet

México, D.F.- La detención de decenas de las y los vagoneros invidentes en las instalaciones del metro en días recientes nos remite a la Francia del siglo XVII descrita por Michael Foucault, en la que existían disposiciones de Estado contra la pobreza, la vagancia y la mendicidad. En México, Porfirio Díaz expresó que sólo existían dos clases sociales: los decentes y los “pelados”, conformados por una masa de campesinos, analfabetas y mendigos. Orden y progreso era la fórmula para civilizarnos. El orden encarnado en policías deteniendo a trabajadores informales que, modificando un poco las circunstancias, podrían ser ellos mismos. El progreso representado en la persecución de un gobierno que durante décadas construyó estructuras clientelares con estos grupos obteniendo beneficios económicos de la informalidad.

Parto de mis propias subjetividades. ¿Quién no ha bordeado peligrosamente la ira cada vez que se ha visto sometido a un encuentro de altos decibeles con la bocina de un vagonero? Podríamos pensar (reconozco haberlo hecho) que la solución a mi (nuestro) problema es la desaparición de ese otro que lo genera y con el cual no tengo vínculo alguno. Sin embargo, existe algo más que convergencia espacial entre la actividad económica que realizan estos trabajadores informales y los usuarios molestos. Hay un aspecto relacional entre los vendedores ambulantes, nuestros oídos y el neoliberalismo.

El aumento a la tarifa del metro fue presentado por las autoridades del Gobierno del Distrito Federal (GDF) como la panacea a los males estructurales de este trasporte colectivo: inviabilidad financiera por el servicio subsidiado, falta de mantenimiento, adquisición de trenes, automatización de escaleras y erradicación del comercio ambulante. Un salto al futuro de varias décadas tan sólo por tres pesos de incremento. Sin embargo, un aumento a la tarifa no resuelve un problema socioeconómico: el de la economía informal.

Hay argumentos inmediatos y simplificantes que surgen para explicar el fenómeno del comercio informal dentro del metro: falta de espíritu emprendedor, pereza o comodidad son explicaciones superficiales y limitadas al carácter individual de quienes se dedican a dicha actividad. Sin embargo, éste es el aspecto inmediatamente visible para un empirismo individualista que fracasa en identificar la causalidad estructural y la vinculación al orden socioeconómico que condiciona la convergencia espacial de los comerciantes ambulantes en el metro y de miles de personas que viajamos en el mismo.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo reportó que en el último trimestre de 2013 alrededor del 10 por cierto de la población económicamente activa del DF se desempeñaba en el sector informal o en condiciones de subocupación, lo que representaría cerca de un millón de personas. Las autoridades del GDF han reconocido cifras de hasta 1.8 millones de personas. Los números son fríos pero develan una realidad: la informalidad es estructural y conforma la legalidad económica del DF.

Pero el fenómeno es macro. No es sólo una persona cantando, vendiendo discos piratas, herramientas, bisutería, golosinas o cualquier otra mercancía, y nuestra molestia inmediata. Es el empleo –en condiciones de suficiencia y dignidad– en el DF y el Estado de México, en el país e incluso en América Latina, en que, según la Organización Internacional del Trabajo, alrededor de 50 por ciento de la población se mantiene en la economía informal.

Hay una configuración orgánica entre informalidad, pobreza y desigualdad. El lugar que ocupa nuestra región en el sistema-mundo capitalista nos condiciona estructuralmente y vincula en términos de relaciones sociales, a nosotros, a los vendedores ambulantes, al Estado. Un sistema global que tiene expresiones concretas y diferenciadas en los lugares en que se despliega. Una estructura que para la reproducción y acumulación del capital requiere de la producción de pobreza y marginación.

El comercio informal y las necesidades financieras del metro se encuentran escindidas del análisis macro y estructural. Por ello el incremento a la tarifa, en apariencia, puede resolver el problema del comercio ambulante porque conduce a aumentar el número de policías y detener a los infractores. Sin embargo, en nuestra región la informalidad económica es un elemento constitutivo del capitalismo que requiere para su realización de pauperización, precariedad y flexibilidad laboral, economías dirigidas a la exportación y control de los recursos naturales por capitales internacionales. En síntesis, el sistema requiere de personas como las y los vagoneros para su subsistencia.

Nuestro destino individual no es un misterio imposible de comprender. Las y los vendedores informales y las molestias que puedan causarnos, que existen y son válidas, tienen su origen en una política económica neoliberal y en un sistema global. Y si he de tomar partido señalo: no, no es que esté a favor de los vagonerosni de las estructuras clientelares de las que son parte. Y no sólo estoy en contra de un aumento de tarifa, estoy en contra de la estructura económica que los produce a ellos, a nosotros, a todos.

@simonhdezleon