“No quiero este México para mis nietos”

Construcción de resiliencia

¿Cómo afrontan las mujeres la desaparición de un ser querido?

Conforman organizaciones

Realizan investigación de casos propios y del colectivo

Asesoran a las personas con nuevos casos

Hacen búsquedas en vida

Acompañan a otras familias

Realizan rastreo de fosas

Realizan movilizaciones públicas

Hacen incidencia legislativa

Hacen interlocución con actores políticos

Trabajan con actores internacionales de  derechos humanos

“Hay tres caminos qué seguir: sentarte a llorar, hincarte a rezar o salir a buscar; yo opté por el tercero”. Habla Evangelina Contreras, quien no ha dejado de buscar a su hija Tania; en sus palabras se puede reconocer la historia compartida de las mujeres que, a partir de una tragedia personal, se han levantado, han desarrollado organización, actúan con solidaridad con sus pares y son protagonistas involuntarias de la agenda pública en México.

Ninguna de las mujeres entrevistadas tenía que ver con asuntos políticos antes de la desaparición de su ser querido ni tenía un conocimiento amplio del panorama de la inseguridad en México. “Cuando pasa lo primero (la desaparición de dos de sus hijos) yo pensé que había sido por robarles, porque estaba totalmente ajena a la situación que se vivía en el país”, confiesa doña María Herrera. La investigación que desarrolló la familia por su cuenta la llevó a conocer el amplio dominio de la delincuencia organizada y las redes que la protegen.

“Vas conociendo cada cosa que dices: ¡Dios mío! ¿Y yo en qué mundo vivía?”, recuerda Columba Arroniz. El revuelo por el caso de los cuatro muchachos y la muchacha víctimas de desaparición forzada en Tierra Blanca la obligó a enfrentarse a un mundo de macrocriminalidad y a aprender a dar entrevistas en medio del dolor.

“Cuando me entero que se estaba llevando doctores, ingenieros en sistemas, personas preparadas y de bien, y empecé a conocer a los familiares, me quedé incierta: ¿qué está pasando aquí?”, recuerda doña Mari.

Entonces, empiezan a buscar. Por todas partes y de todas maneras.

“Nos fuimos a buscar a mi esposo porque pensamos que se lo llevaron para Los Reyes, esos rumbos. Estuvimos yendo a buscarlo en los basureros, en el campo, y nunca encontramos nada”, ejemplifica María Elena. ¿Tuvieron acompañamiento?. “No. De nadie”, enfatiza. Una de las entrevistadas incluso llegó a presentarse ante los “jefes de plaza” del crimen para pedir que le dijeran dónde estaba su familiar.

Luego de enfrentar el caso propio en lo individual, viene el agrupamiento. A veces se encuentran en movilizaciones, en las tomas de muestras de ADN, en las infructuosas visitas a los Ministerios Públicos o en las asesorías de organizaciones de la sociedad civil. “Ellas empezaron a ver que yo buscaba mucho a mi hija y se empezaron a acercar: una señora tenía dos hijos desaparecidos, otra también, y así hasta que completamos como veintitantos desaparecidos en un pueblo tan chiquito”, dice Evangelina, originaria de Caleta de Campos, Michoacán. Virginia Garay se juntó con más personas en búsqueda y fueron a reunirse con el fiscal nayarita.

Así, el camino ya no se hace en soledad. Juntas, van compartiendo conocimientos, denunciando, pegando fotografías, organizando, buscando, llorando, fortaleciéndose de nuevo. Extrañando a la persona querida desaparecida y a la familia a la que no ven por estar en la búsqueda. Animándose y aprendiendo.

“Es entonces cuando ya empieza otro tipo de lucha. Ya no nada más por Guillermo, sino por todas y todos”, delinea Mercedes Ruiz. “Iniciamos el contacto con otras organizaciones a nivel nacional y se siente una fortalecida porque encuentra el apoyo en otras que somos iguales porque estamos pasando por el mismo dolor. Entonces ya es diferente”, reconoce.

Su resiliencia –individual y colectiva– las ha llevado a descubrir una faceta que no conocían. “Todas, en este caminar en el que te mueres de miedo, toman fuerzas y valentía de no sé dónde para poder salir. Es un empoderamiento en las mujeres bastante fuerte, en decir: no necesito de un hombre para agarrar una pala y buscar a mi hijo. Muchas nos hemos descubierto en este proceso y nos hemos dado cuenta de lo que somos capaces de hacer”, describe Michelle Quevedo.“Lo que nos ha ayudado muchísimo a las víctimas son las organizaciones de la sociedad civil con las que contamos. Ellas nos dicen qué debemos exigir, qué papeles pedir, cuáles son nuestros derechos, las leyes que debemos leer”, agrega.

“Estamos de cierta manera empoderadas, sabemos lo que estamos haciendo y reclamamos nuestros derechos”, suma Mercedes.

Estas mujeres han desarrollado una integralidad de conocimientos que aplican en toda la complejidad de la búsqueda. Las capacitaciones que han recibido vienen tanto de aportes de estudiantes, organizaciones de la sociedad civil e instituciones de educación como habilidades desarrolladas por cuenta propia y compartidas con sus compañeras.

Esto ha sido todo un reto para quienes venían de un mundo totalmente ajeno a las violaciones a derechos humanos. Algunas de ellas ni siquiera tenían necesidad de usar computadoras o teléfonos inteligentes en su vida cotidiana y se vieron obligadas a dominarlos aceleradamente.

De ahí, las mujeres saltan a las transmisiones en vivo de reuniones, a las campañas de solidaridad en redes, al uso de drones y tecnologías de búsqueda, a la organización por redes sociales, al análisis de leyes y derechos, etcétera. Devoran los conocimientos necesarios para su trabajo, establecen alianzas con otros sectores sociales sensibles y crean formas de encontrar a las personas que faltan, pidiendo que se les allegue información anónima, lanzando mensajes en iglesias y escuelas, sensibilizando a grupos vulnerables…

Sin duda, la principal labor que realizan en el día a día es el acompañamiento; siete de ellas refieren que es su actividad más importante. Consiste en recibir a las nuevas personas que buscan, escucharlas, comprender en qué etapa de su proceso de investigación y personal se encuentran y darles orientación, tanto organizativa como jurídica e incluso consejos prácticos para afrontar lo que viene. Se activan los conocimientos que han adquirido sobre el camino jurídico y los contactos que han establecido anteriormente con funcionarios.

Otra parte de ellas se especializa más en ciertas disciplinas. Michelle Quevedo no acude a las búsquedas de fosas ni le llama tanto la atención el tema penal. Ella, ahora estudiante de criminalística, prefiere hacer tareas de investigación relacionadas con la tecnología, como examinar whatsapps, sábanas de llamadas, conexión en redes sociales, entre otras.

También ha participado directamente en el Consejo Ciudadano de la Comisión Nacional de Búsqueda y en el equipo que trabajó la Ley Nacional de Declaración de Ausencia. Jocelyn enfoca su trabajo al acompañamiento psicológico entre iguales, es decir, a partir de la especialización de familiares y la participación de profesionales de la psicología con apertura y sensibilidad, de corazón a corazón.

Donde todas convergen es en la organización de las redes de apoyo solidario en todo el país, muchas de ellas construidas por medio de Facebook, y en las movilizaciones. “Ahorita nos hemos unido de tal manera las madres del país –y hasta las de fuera– para que cualquier resto que se encuentre, decimos: ¡es mi hijo!”, resume María Herrera.

Las mujeres también han debido extender sus habilidades hacia las relaciones con diversos grupos políticos y sociales. Hay experiencias, por ejemplo, con grupos feministas, con organizaciones vecinales, con iglesias, con instituciones educativas, con sindicatos, con grupos estudiantiles, con periodistas, con organizaciones de la sociedad civil, con mecanismos internacionales de la onu y del sistema interamericano, con partidos políticos etcétera.

Ellas reconocen todo lo que estas personas les han aportado solidariamente y también han aprendido a reconocer malas intenciones en otros casos, particularmente con temas políticos o con medios de comunicación amarillistas.

Los esfuerzos organizativos han rendido frutos no solamente al lograr encontrar a personas con vida; al hallar tesoros que, de lo contrario, estarían condenados a permanecer lejos de sus familias; al incidir en leyes que puedan revertir el estado de las cosas y hacer más llevadera la búsqueda; al obligar a los funcionarios a responder a las interpelaciones. También hay un crecimiento difícil de dimensionar aún en cuanto a sus impactos en el movimiento de familiares y en el movimiento social. “Cuando sucedió lo de los 43, fuimos las primeras a las que (los colectivos estudiantiles) nos llamaron. ‘Compañeras, ¿qué hacemos? Vengan, platiquen, vengan ustedes a encabezar’, Entonces sí, nos sentimos valoradas”, comparte Mercedes Ruiz.

Sin embargo, este importante papel de las mujeres para resolver la crisis de desapariciones no es apoyado siempre por la sociedad. La cara opuesta de las personas solidarias son aquellas que critican todo lo que hacen. “Nos dicen las locas de las palas”, dice Rosa Neris. Profanadoras de tumbas. Argüenderas. Chismosas. Vividoras. Las descalificaciones llegan desde las autoridades e incluso desde la propia familia. Dice doña Mari que la gente no acaba de entender que si no se detiene la situación, pronto le tocará a los más pequeños de sus hogares: “Si todas vamos a permanecer apáticas, insensibles al sufrimiento, esto no se va acabar nunca”.

Aunque la búsqueda organizada de personas desaparecidas tiene ya más de cuatro décadas en México –si ponemos la creación de los primeros comités de familiares en defensa de los presos políticos en los años setenta como punto de partida–, la masividad del fenómeno a partir del año 2006 y su extensión hacia víctimas que no eran parte de grupos opositores al Estado obligó a estas madres, hijas y esposas a entrar en contacto con organizaciones que ya actuaban en ese campo o en el de lucha contra la criminalidad.

Sin embargo, las particularidades de la desaparición de sus familias las empujó a buscar otras formas de organizarse que han marcado el panorama político y social del presente.

Sin duda, María Herrera personifica este camino. Luego de comenzar la búsqueda únicamente con su familia, doña Mari se acercó a organizaciones de víctimas del terrorismo de Estado o contra la delincuencia, particularmente los secuestros. No recibió la respuesta que esperaba. Luego, en 2011, fue invitada a unirse a la caravana del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, la primera organización nacional de familiares y víctimas de la llamada “Guerra contra el narcotráfico”. Durante los diálogos de ésta con el entonces presidente Felipe Calderón, en el año 2011, doña María increpó al mandatario. En ese momento, su voz quebrada por el llanto, pero firme, se volvió emblema de las miles de víctimas que ya se acumulaban por todo México.

“Ahí nos cambió un poquito la situación. Un poquito porque hasta ahora, no tengo respuesta concreta de dónde están mis hijos”, sentencia doña Mari. Con el reflujo del movimiento llegaron, primero, la decepción, y después la iniciativa de reunir a los grupos que habían respondido a la Caravana en todo México con la idea de salir a buscar. Así, en 2013 nació Red de Enlaces Nacionales –conformada por más de 30 colectivos de toda la República– y en 2014 se fundó Familiares en Búsqueda María Herrera A.C. Estas dos organizaciones han coordinado ya cinco brigadas nacionales de búsqueda, que hacen trabajo en iglesias y escuelas, buscan en vida y rastrean para localizar fosas.

Doña Mari valora que “es muy hermoso que hubo una respuesta muy buena de la gente (a los encuentros), pero es triste porque nos indica que lo que estamos viviendo en México, lejos de aminorar, va en aumento”. Ella agradece la acogida que les han dado especialmente en las universidades.

Ella también anticipó: “Ojalá que con el nuevo gobierno la situación cambie, pero no tenemos que estar confiando y esperar a que lo haga. Tiene que participar la sociedad para lograr un cambio verdadero”.

¿Su motivación? “Yo no quiero este México para mis nietos”.

La fuerza es colectiva

Para estas mujeres, su nueva familia son sus pares en búsqueda. “Va teniendo una ese acercamiento, esa identificación más fuerte, por ejemplo de madre a madre, entre hermanas o entre esposas. Ese hermanamiento nos acerca y nos fortalece”, describe Mercedes Ruiz.

Como en toda familia, hay diferencias –”somos personas llenas de dolor”, explica Jocelyn–, pero todas refieren que su fuerza y su motivación, además de la posibilidad de encontrar a su ser querido, es el compromiso con las otras madres, hermanas, cuñadas, esposas, hijas e hijos que también buscan. Las y los desaparecidos ya son de todas y esa idea es la fuerza que las empuja a no desfallecer en el camino.

“Si yo no tuviera compañías, no tuviera responsabilidad, a lo mejor yo estaría en mi casa, acostada, sin quererme levantar ni hacer nada”, piensa Virginia.

Muchas encontraron en la organización para la búsqueda la manera de encauzar sus ganas de ayudar a otras personas y de aliviar un poco el dolor que no desaparece. Desean que nadie sufra la aflicción tan grande que a ellas ya les tocó y tratan de ayudar a que el camino sea un poco menos penoso para quienes están llegando recientemente con su desgracia. “Eso es lo que me reconforta en mi vida personal”, admite Michelle Quevedo.

Así, el aprender a organizarse, descubrir sus capacidades, el sentirse más humanas y conocer a personas solidarias es lo que ellas consideran la parte más luminosa de un camino en el que nunca pidieron estar. “Mi mejor experiencia es este crecimiento y ese aprendizaje desde su desaparición. Lo peor son las autoridades y las instituciones (oficiales) de derechos humanos”, explica Mercedes Ruiz. Aprecian especialmente a quienes sin tener una persona desaparecida, van en un tramo del camino con ellas.

Doña Columba trae a la memoria especialmente un episodio. Un día, llegó al campamento de familiares un señor que “era un viejito y trabajaba de albañil. Nos dijo: Aquí le traigo 50 pesos, es lo único que yo tengo, pero quiero ayudarlos. Ahí estaba mi cuñada y le respondió: No, señor, ¡cómo cree! El señor le pidió: No me desprecie, por favor, porque me voy a sentir mal. Compre flores, velas, lo que quiera. ¡Era lo único que tenía y nos lo daba!”, recuerda.

Algunas de estas mujeres sueñan con el día en que encuentren a su ser querido y puedan, por fin, tener un poco de paz. Quizá hasta en volver a las casas que tuvieron que abandonar. Al mismo tiempo, casi todas las entrevistadas reconocen que su sensibilidad es diferente y que, en caso de encontrar a su tesoro, les gustaría seguirán buscando a los de las demás.

Sus vidas han dado un giro que no buscaron pero que enfrentan con valentía. “Yo quisiera tener más tiempo para ayudar a otras mujeres, porque muchas veces estar en soledad nos lleva a desistir de la lucha. Muchas dejan de buscar porque no tienen apoyo”, remata Mercedes.

Los años acumulados de experiencia han hecho que las buscadoras ubiquen algunas claves para sobrellevar este camino.

Todas señalan que es útil saber con detalle y desde el principio que es un camino difícil. Mercedes Ruiz considera que “el hecho de saber a qué nos enfrentamos nos da las herramientas de fortalecernos. El conocer nuestros derechos también nos fortalece. Además, el conocer las etapas por las que va uno pasando y saber que tal reacción es normal”.

Luego, el no dejar de cuidarse. Doña Mari Herrera, con una búsqueda que suma más de diez años, advierte: “Sean persistentes pero cuídense; estén pendientes de su salud y dense tiempo para ir al doctor. A mí de mi pulmón me dicen que ya no hay nada qué hacer, y fue que me descuidé por querer dar todo para estar”.

Si la persona se cuida, podrá continuar en la búsqueda. Y “no se cansen, porque si se cansan, no se puede vivir. Al menos en la búsqueda sientes que estás haciendo algo por ellos”, aconseja Columba Arroniz.

“Y tejer redes de apoyo”, insiste Mercedes Ruiz.

Para doña Mari, “el mismo amor es lo que nos da la fuerza para seguir adelante”.