La trayectoria del ingeniero marcó un punto de inflexión en la democratización de México. Su legado está en haber contribuido a que el poder dejara de ser patrimonio de una élite y se convirtiera en mandato ciudadano.

En el México de los años 80, la vida pública estaba organizada en torno a un partido hegemónico, sin competencia electoral y con mecanismos de representación y gobernanza que no correspondían ya a la diversidad de la sociedad. Por supuesto, la oposición existía, pero sus posibilidades de acceder al poder eran muy reducidas. Sobre todo, para una oposición de izquierda o con raigambre popular. No había alternancia y las autoridades electorales carecían de autonomía y estaban al servicio de la continuidad del régimen.

En este contexto de “dictadura perfecta” —como la llamó el escritor Mario Vargas Llosa—, la determinación de Cuauhtémoc Cárdenas de encabezar una corriente disidente dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue un gesto de valor visionario con una importancia tal que trascendió los límites de ese partido. Fue una ruptura interna, sí, pero, sobre todo, una interpelación al sistema político estructural de la época. Cuauhtémoc Cárdenas y quienes lo acompañaron en la Corriente Democrática pusieron sobre la mesa un principio elemental de la democracia: el poder público no puede ser patrimonio de un grupo ni trasmitirse mediante acuerdos cupulares al margen de la voluntad de la ciudadanía.

La elección presidencial de 1988 fue un momento decisivo en este camino. Llena de controversias, dejó una herida en la vida nacional, pero, principalmente, hizo visible a una sociedad que ya no estaba dispuesta a aceptar sin cuestionamientos el autoritarismo de Estado. Fueron millones de ciudadanas y ciudadanos que encontraron en la candidatura de Cárdenas una expresión clamorosa de su inconformidad y de su voluntad de cambio. Se trató, sobre todo, de un esfuerzo de organización política autónoma de alcance nacional.

Posteriormente, la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), en 1989, con la idea de continuar con ese esfuerzo de democratización del país, fue una de las consecuencias más relevantes de aquel proceso. Con ello se abrió un espacio de participación para núcleos y corrientes políticas, movimientos sociales y militantes provenientes de distintas tradiciones de izquierda, así como para la ciudadanía que buscaba transformar el sistema dominante, autoritario y excluyente. Construirlo fue una tarea compleja en la que Cárdenas jugó un papel primordial.

Con la irrupción del PRD se transformó por completo el sistema mexicano tradicional de partidos. La izquierda se convirtió por primera vez en una fuerza política relevante con gobiernos locales, representación parlamentaria, presencia territorial, con posibilidades reales de disputar el poder. Es claro que hubo conflictos, dificultades, contradicciones e incongruencias, pero ese partido abrió cauces a una parte muy importante de la pluralidad nacional.

Supo que la transformación democrática requería de reglas, instituciones, continuidad

Esta es una de las características más relevantes de la trayectoria de Cárdenas: su capacidad para entender que la transformación democrática del país requería de reglas, instituciones, procedimientos formales, continuidad. Por legítima e indispensable que fuera, la democracia no podía depender exclusivamente de la movilización popular. Necesitaba partidos, instituciones electorales confiables, contrapesos al poder central, espacios de deliberación sin exclusiones.

Todo esto llevó, a la postre, a la reforma electoral de 1996 que dotó de autonomía al Instituto Federal Electoral, lo que modificó también sustancialmente las condiciones de competencia política en la república. No fue mérito de una sola persona, puesto que fue fruto de un proceso colectivo de negociación y presión democrática en el que participaron multitud de fuerzas políticas. Pero el clima político que la hizo viable se abrió paso en torno de la oposición democrática articulada alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas. La movilización social se convirtió así en un derecho duradero.

Con su llegada a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en 1997, los habitantes de la capital pudieron, por primera vez, elegir a quien los gobernaría. Fue mucho más que un cambio de partido en el poder. Fue la incorporación plena de la ciudadanía capitalina a una experiencia de gobierno propia y el inicio de una nueva etapa en la vida política de la ciudad. La experiencia cardenista contribuyó a normalizar algo que hoy parece evidente, pero que durante muchos años fue solo una aspiración: que quienes gobiernan reciban su mandato de la ciudadanía.

Cárdenas forma parte de la estirpe de políticos que deben ser valorados, primariamente, por las transformaciones que contribuyeron a impulsar y por las instituciones que ayudaron a construir.  Su mérito no está en haber sido tres veces candidato presidencial ni en haber sido el primer jefe de Gobierno electo de la Ciudad de México. Su aportación fundamental fue contribuir a que la democracia dejara de ser una aspiración de sectores opositores y se convirtiera, gradualmente, en una exigencia social, una práctica política y una realidad institucional.

Debe destacarse también la congruencia que mostró entre su participación política y el respeto por las instituciones. Cárdenas no siempre obtuvo los resultados electorales que buscaba, ni todas las iniciativas que impulsó prosperaron. Mantuvo, sin embargo, una presencia pública discreta y permanente. Su autoridad política se fincaba en la persistencia de sus convicciones, su disposición al debate y una cierta sobriedad en el ejercicio del liderazgo. En la vida pública nuestra, frecuentemente dominada por la estridencia y el protagonismo personal, esa característica no es menor.

El ingeniero contribuyó a modificar las condiciones de la competencia política en México

La figura de Cárdenas, con todo, no debe idealizarse. No es preciso convertirlo en santón de la república. Su trayectoria, como la de toda persona, estuvo también marcada por diferencias, decisiones discutibles y procesos que tomaron rumbos distintos de los originalmente imaginados. El partido que contribuyó a fundar —por ejemplo— experimentó divisiones y terminó por perder buena parte de su fuerza y prestigio. Nuestra democracia sigue enfrentando problemas de representación, desigualdad, concentración del poder y debilidad institucional. Hoy vive, además, un deterioro sustancial cuidadosamente planeado. Reconocer estos hechos no disminuye la contribución del ingeniero Cárdenas, simplemente la pone en perspectiva.

Su fallecimiento, el pasado 28 de octubre, invita a mirar su trayectoria con un enfoque histórico de largo aliento. Más allá de las simpatías partidistas, resulta difícil negar que contribuyó a modificar las condiciones de la competencia política en México y a abrir espacios que después ocuparon generaciones de dirigentes y ciudadanos. Su obra pertenece a una historia colectiva, pero su participación en ella fue decisiva.

Tal vez la lección más importante que deja este personaje es que las instituciones democráticas no aparecen espontáneamente ni se sostienen por inercia. Son producto de la participación ciudadana, de la organización colectiva, de la perseverancia y de la capacidad de construir acuerdos entre quienes piensan distinto. También requieren de una disposición a aceptar que el adversario político tiene derechos y que la legitimidad del poder depende del reconocimiento mutuo y de reglas compartidas.

En estos tiempos la democracia suele confundirse con el simple predominio de una mayoría y las instituciones son evaluadas según su conveniencia para quienes gobiernan. Se desestiman también los contrapesos y el disenso como excrecencias neoliberales. Conviene, por eso, recuperar una idea que atraviesa la trayectoria del ingeniero Cárdenas: la democracia no consiste solamente en ganar elecciones, sino en construir las condiciones para que todos puedan participar, competir, disentir y ejercer sus derechos. Todos sus derechos.

Es claro: Cuauhtémoc Cárdenas no construyó solo la democracia mexicana, ni esta puede atribuirse a una figura o a un partido. Fue consecuencia, sin duda, de la lucha del pueblo organizado todo. Pero Cárdenas contribuyó de manera sustantiva a hacerla posible. Su legado más valioso quizá no sea una candidatura, un cargo o una organización política, sino haber ayudado a abrir un camino para que el poder dejara de ser una prerrogativa y se reconociera, cada vez más, como un mandato ciudadano. Esa es, en última instancia, la medida más significativa de un constructor de instituciones democráticas.

Publicado originalmente el día 05 de noviembre del 2026, en «La lucha cotidiana de los derechos humanos».