Parafraseando a Gonzalo Ituarte en un reciente homenaje para Blanca Martínez, en un país de tanta violencia y tan adolorido como México, Blanca logró que hubiera un poquito menos de dolor para muchas y muchos.
Una muy triste noticia irrumpió en el espacio de la sociedad civil y de la defensa de los derechos humanos, el pasado 10 de noviembre: el Centro de Derechos Humanos Fray Juan de Larios informó sobre el repentino fallecimiento de su directora Blanca Isabel Martínez Bustos, tras una intervención médica, sobre la que su familia ha hecho un llamado contundente a que se investigue una posible negligencia médica. Blanca fue un referente en la defensa de todas las personas, comprometida con diversas causas sociales en todo el país.
Desde el Centro Prodh, al igual que decenas de organizaciones civiles y organismos internacionales, lamentamos profundamente su fallecimiento, enviamos nuestro abrazo solidario a su familia, al entrañable equipo del Fray Juan, a las integrantes de las Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila / México (FUUNDEC / FUUNDEM) –colectivo pionero de familiares de personas desaparecidas en el país, especialmente en la región de La Laguna, Coahuila y después a lo largo del país–, así como a víctimas y colectivos de familiares que encontraron en Blanca una aliada incondicional.
Blanca, nacida en la ciudad de Torreón, Coahuila, comenzó a relacionarse con distintas causas sociales desde su adolescencia, participando en organizaciones laborales y campesinas; se interesó en la Teología de la Liberación y en las luchas internacionales de los derechos humanos como la revolución nicaragüense y de los movimientos en Guatemala, en El Salvador y Honduras.
Fue durante el movimiento armado en Chiapas, con el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), cuando formó parte de ese equipo operativo de apoyo para el proceso de paz en Chiapas y apoyo a la Diócesis, que se empezó a involucrar más al tema de los derechos humanos y en específico de los derechos de los pueblos indígenas. A pesar de que después la vida la llevara a otros territorios, no dejó de ser cercana a sus luchas. Es por ello que víctimas y organizaciones de Chiapas le guardan mucho cariño y respeto. Como expresó en un pronunciamiento el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, organización en la que colaboró – como integrante, directora e integrante de su Consejo – hasta el final de su vida: “Blanca se sostuvo siempre del lado de las comunidades, de norte a sur de México, caminando con ellas, escuchando sus voces y levantando su palabra frente a la injusticia. Fue una incansable luchadora por la vida, por la memoria y la esperanza, capaz de transformar la indignación en acción y el compromiso en presencia constante”.
En 2009, volvió a Coahuila, invitada por el entonces obispo de la Diócesis de Saltillo, Raúl Vera López para fundar un Centro de Derechos Humanos – el Fray Juan de Larios – dentro de la diócesis; Blanca, continuó acompañando esfuerzos de defensa del territorio en el estado, a la par que, con mucha determinación ante la violencia que estaba sufriendo la zona en el norte del país – y que inmovilizó a muchas otras organizaciones de derechos humanos–, comenzó a documentar casos de desapariciones cometidas por el crimen organizado en contextos de colusión con autoridades y de ejecuciones extrajudiciales, y a crear las condiciones para que las madres que llegaban a solicitar ayuda pudieran organizarse para exigir el paradero de sus seres queridos. Después, junto con otras organizaciones a lo largo del país, acompañó la organización de colectivos de familiares de personas desaparecidas a nivel nacional, lo que hizo hasta el último día.
Es por ello que hoy múltiples colectivos y organizaciones del país le guardan respeto y cariño: “Su compromiso con las familias de personas desaparecidas y su fe en la justicia continúan inspirando nuestro trabajo”, expresó el Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (Cedehm) en un mensaje tras la muerte de Blanca.
En los últimos años, Blanca, mujer de fe y de posiciones políticas firmes, no sucumbió a cambiar el tono de la denuncia ante un clima de expectativa de adhesión al proyecto político en boga. Por el contrario, continuó trabajando cercanamente con las comunidades más desfavorecidas, incluso, cuando el súbito vuelco de la cooperación internacional dejó en la desprotección a múltiples proyectos de personas defensoras en el país.
Blanca se fue, dejando un país que sigue luchando contra la violencia estructural, que continúa enfrentando los retos relevantes en garantizar los derechos territoriales de las comunidades en relación con los recursos naturales, con múltiples desafíos para visibilizar y revertir la crisis de desaparición. Hoy recordamos su labor y su compromiso con dolor, pero también con mucha esperanza. Porque ella dejó una huella muy relevante: desde el norte y hasta al sur del país contribuyó a la formación de jóvenes y de múltiples personas defensoras, participó en la consolidación de colectivos de búsqueda y formó parte de la articulación de distintas redes de personas que siguen encontrando en los derechos humanos una herramienta fundamental para defender la dignidad de las personas.
Parafraseando a Gonzalo Ituarte en un reciente homenaje para Blanca, en un país de tanta violencia y tan adolorido como México, Blanca logró que hubiera un poquito menos de dolor para muchas y muchos. Blanca vive en su legado.
