ahi-esta-el-detalle, La edición de hoy, Uncategorized — abril 10, 2018 at 7:20 am

BAJO LA LUPA | Refundar a México a partir de la verdad, por Guillermo Trejo

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México está sumido en una grave crisis de verdad desde que inició la guerra en contra del narcotráfico en 2006. Ante la masividad de la violencia que generó la intervención militar y la brutal reacción del crimen organizado, es poco lo que sabemos sobre las víctimas y los victimarios de las diversas formas de violencia que se han multiplicado en los últimos doce años y sobre los porqués y los cómos del horror. A pesar de importantes avances en la investigación académica y los heroicos esfuerzos de diferentes grupos de la sociedad civil por generar datos y análisis para entender las principales pautas de la violencia, el Estado ha hecho todo lo posible por obstaculizar un entendimiento profundo de la epidemia de violencia que tiene postrado al país.

México está entrampado en una crisis de verdad, también, porque el Estado niega la existencia de graves violaciones de derechos humanos como resultado de la guerra; niega la responsabilidad de las fuerzas de seguridad del país en la producción de la violencia, unas veces en colusión con el crimen organizado y otras combatiéndolo con métodos extralegales que alimentan la violencia; y niega la incapacidad de las instituciones judiciales para ofrecer justicia, unas veces por incompetencia y muchas otras por colusión. Esta triple negación silencia a las víctimas y alimenta la impunidad de los perpetradores. Aunque en el país se han aprobado sendas leyes de desaparición forzada y de tortura, el gobierno de Enrique Peña Nieto se niega a aceptar que en México hay patrones de violaciones de derechos humanos que constituyen crímenes de lesa humanidad. Lo niegan las fuerzas armadas y las policías y las procuradurías y los ministerios públicos. Y al ignorarlo, lo niega, también, la Suprema Corte.

Para enfrentar las secuelas que deja la violencia masiva y para poner a las sociedades en senderos de paz, en los últimos cincuenta años diversos países han desarrollado una serie de mecanismos extraordinarios que hoy constituyen el campo de la justicia transicional. Son mecanismos extraordinarios porque ante la magnitud de la violencia y frente a los múltiples vetos internos de agentes estatales involucrados en la producción de la violencia y las graves violaciones de derechos humanos, las procuradurías, los ministerios públicos y las instituciones de justicia ordinaria se vuelven inoperantes o carecen de credibilidad. Esto no quiere decir que la democratización y la independencia de las instituciones de justicia ordinaria sean innecesarias; significa, más bien, que hay ciertas medidas extraordinarias que pueden ayudar a instituciones ordinarias reformadas a procurar justicia en contextos de violencia extraordinaria.

Dentro del ecosistema de mecanismos de justicia transicional, la búsqueda de verdad, muchas veces centrada en comisiones de la verdad, representa la columna vertebral de procesos más amplios de justicia. Las comisiones de la verdad mapean de manera exhaustiva y sistemática el universo de víctimas y victimarios y las diversas formas de violencia y dan cuenta de las causas y los métodos de graves violaciones de derechos humanos cometidas durante un régimen autoritario o en un conflicto armado. Mediante miles de testimonios visibilizan a las víctimas y exponen a las organizaciones, grupos, agencias e instituciones que generan la violencia. Y mediante el estudio de los contextos, los patrones y las metodologías de la violencia, analizan si las violaciones son generalizadas y sistemáticas y por ello constituyen crímenes de lesa humanidad.

Un proceso de búsqueda de verdad puede ser refundacional porque abre el camino a múltiples formas de justicia. Sin verdad es difícil pensar en justicia.

Tocará a una sociedad civil unificada exigirle a los candidatos que se comprometan con un programa serio de búsqueda de verdad; una verdad universal en donde no haya cabida para verdades de derecha o de izquierda o verdades para ricos o pobres. Como país, tenemos que persuadirnos colectivamente de que sin una sacudida democrática a partir de la verdad no habrá paz ni justica ni veremos el fin de esta larga noche de violencia.

*Lea el artículo completo en Animal Político