Nombre, signo y destino

Por Marisol Wences Mina

Es 26 de septiembre por la tarde, Cutberto Ortiz Ramos corre desde el estacionamiento hacia su dormitorio: “¡Habrá actividad!”, grita mientras tropieza y casi cae en la puerta que conduce a los “cubis”, los cuartos de unos doce metros cuadrados donde duermen en el piso los alumnos de primer grado de la Normal de Ayotzinapa. Ese día irán a Iguala. Sus compañeros lo describen siempre alegre, “muy entrón y entusiasta”.

Cutberto –de 22 años y moreno, alto y delgado— se ganó el apodo de “El Komander” cuando le cortaron el pelo a rape y le quedó el bigote y una delgada barba, entonces se reveló su parecido al famoso cantante de música de banda. Pero no es para nada rudo, al contrario, tiene un carácter afable y es una especie de buena conciencia con toques paternales porque –según sus compañeros de dormitorio— les da ánimos, los aconseja, les presta su cobija si no tienen con qué taparse, les dice que el estudio es importante para salir de la pobreza, que aguanten y los llama a dormir temprano.

“Le gusta mucho una sudadera verde porque le cubre los brazos del sol cuando vamos a los módulos de producción, al trabajo del campo”, dice uno de sus amigos. También recuerda que a Cutberto al principio le dolían mucho sus pies y sus rodillas porque cuando llegó a Ayotzinapa salía a correr con sus huaraches, luego fue a su comunidad y trajo unos tenis.

Cutberto tiene otra carga en su espalda, su familia guarda una angustia que viene de hace décadas. El nombre del normalista está atado a otra tragedia: su tío Cutberto Ortiz Cabañas, también de San Juan de las Flores como él, es una de las víctimas de desaparición forzada de la guerra sucia en el estado de Guerrero. Se le atribuía ser familiar de Lucio Cabañas Barrientos y formar parte de la guerrilla encabezada por el profesor, quien también estudió en la Normal de Ayotzinapa.

Al “Komander” de Ayotzinapa sus familiares lo nombraron Cutberto en honor al tío que siguen esperando. La historia se repite. San Juan de las Flores, municipio de Atoyac, vive con el fantasma de la desaparición. Sus habitantes esperan, esperan… esperan.

Las ropas de Cutberto, del entusiasta joven que imita la voz de Bob Esponja y cuenta chistes cuando van a las actividades al interior de la escuela, están guardadas de una maleta negra que cuelga de la pared despintada y enmohecida. Un compañero de cuarto no pierde la esperanza: “le guardé sus cosas, ahí está la sudadera, sus cobijas, su ropa para cuando regrese”.

Texto perteneciente a la campaña Marchando con letras

Ilustración de Luis R. Bravo.

Tomada del portal #IlustradoresConAyotzinapa 

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