El boleto más barato del Mundial cuesta 60 dólares, casi cuatro días de salario mínimo en México, y encima esos boletos accesibles son escasos, apenas el 1.6% de la capacidad total del Estadio Azteca. En el segundo episodio de Los derechos en juegoAlexia Moreno, coordinadora ejecutiva de Caracol AC, habla sobre que esos números revelan que el fútbol, deporte que nació en el barrio, se ha convertido en una maquinaria de exclusión cuyos precios aumentaron 584% respecto a Qatar 2022.

Que el fútbol se esté privatizando no solo se ve reflejado en la venta de boletos. Alexia señala que los megaeventos traen consigo una fórmula que repite males como la criminalización de la pobreza y el desplazamiento de comunidades. En Atlanta, una de las ciudades sede con mayor desigualdad urbana en Estados unidos, y en Monterrey, donde el municipio más rico de América Latina colinda con el que concentra más pobreza extrema del estado, los recursos públicos se destinan a acondicionar los alrededores de los estadios mientras la población local enfrenta desalojos e institucionalización forzada. La narrativa de la derrama económica, beneficia a empresas turísticas y boleteras, no a quienes habitan las ciudades.

La culpa no es de quien con sus ahorros pudo comprar un boleto. La responsabilidad de haber convertido el Mundial en un negocio que excluye es de un entramado de poderes políticos y económicos. Sin embargo, la pasión por el juego siempre será de todas, todos y todes, especialmente de quienes menos tienen.

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