
El cuerpo tiene memoria a 20 años de haber vivido tortura sexual. Así lo define Norma, sobreviviente del operativo en Atenco y Texcoco, el 3 y 4 de mayo de 2006, que resultó en dos fallecimientos, la detención de más de 200 personas, el encarcelamiento por varios días de la mayoría —años para una decena de ellas— y la tortura sexual de más de 40 mujeres.
Cada año, cuando se acercan esas fechas, el cuerpo de Norma reacciona diferente. Se pregunta cuántos años más tendrán que pasar para dejar de sentir ese impulso. Las secuelas interminables se concentran en el solo hecho de vivir con dolor de forma permanente: “A 20 años, hay que seguir viviendo con dolor, es eso, y es terrible tener que sortear todo el tiempo el dolor físico, emocional, mental…”
La tortura está diseñada para sobrevivir a través del tiempo, sostiene. Las secuelas físicas se convirtieron en padecimientos crónicos, y ese es uno de los principales reclamos de 11 de las sobrevivientes de tortura sexual que decidieron llevar el caso primero a instancias nacionales y después a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sin que hasta ahora haya justicia.
