El pasado 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, la Presidenta de la República rindió homenaje a las mujeres de las Fuerzas Armadas, en el Campo Marte, en la Ciudad de México. Además de las críticas legítimas sobre que este acto es una representación más de la creciente presencia del Ejército y Marina en distintos ámbitos de la vida pública, es ineludible decir que – en una fecha emblemática donde hubo miles de expresiones contra las violencias en las calles de todas las entidades-, este evento pudo haber sido una oportunidad para reconocer las agresiones a las que las mujeres son sometidas, no sólo fuera de los cuarteles, sino también dentro de estas instituciones.

La mandataria hizo dos referencias sobre abusos al interior de los cuerpos castrenses. La primera ocasión durante su discurso en el Campo Militar acompañada del General Trevilla Trejo, Secretario de la Defensa, y el Almirante Morales Ángeles, Secretario de Marina, cuando se refirió a las agentes como su “Comandanta”: “Quiero decirles que el reconocimiento que hoy hacemos no es sólo simbólico. Es también un compromiso con ustedes. Seguir construyendo instituciones más justas, más incluyentes, y libres de discriminación y violencia. Un compromiso para erradicar cualquier forma de discriminación, acoso o agresión”. La segunda, durante la conferencia mañanera del día siguiente, en donde, tras ser cuestionada sobre los casos de violencia a mujeres militares, la Presidenta señaló que hay varias estancias para realizar una denuncia y que se están reforzando las áreas para que se pueda realizar estos reportes “en un marco de toda confianza”.

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