El 24 de octubre de 1945, la Organización de Naciones Unidas (ONU) entró formalmente en funciones una vez que la Carta de las Naciones Unidas, elaborada cuatro meses atrás en la Conferencia de Naciones Unidas celebrada en San Francisco, fue ratificada por los diversos países integrantes. Después de 80 años de su creación, la nueva situación mundial vuelve necesario reflexionar sobre la vigencia de aquellos principios y fundamentos que dieron origen a la ONU.
A nadie escapa que tanto la fuerza como la debilidad de la ONU derivan de las propias de los estados-nación que la componen, del consenso y cohesión que observen respecto de sus propósitos y encomiendas. Debido a ello, no debe sorprender que sus órganos de gobernanza y especialmente su Consejo de Seguridad se han visto crecientemente incapaces de jugar un papel relevante para garantizar la paz, la dignidad y los derechos humanos de la inmensa mayoría de la población mundial en un entorno de problemas de diversidad y proporciones inéditas: guerras comerciales, conflictos bélicos, ascenso del autoritarismo, genocidios, desplazamientos forzados, hambruna, efectos del cambio climático, entre otros desafíos de alcance global frente a los cuales la ONU se ha mostrado impotente.
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