“Ayotzinapa es otra de las herencias emponzoñadas que recibe la Presidenta. Hasta ahora, en las cinco reuniones que ha tenido con los padres y madres de los estudiantes ha pateado hacia delante sus peticiones. El Ejército no entregará los folios, prometió una investigación renovada que no ha rendido frutos, cambió al farsante que estuvo de fiscal tres años y hace días coqueteó con la posibilidad de que viniera un mediador de la Organización de las Naciones Unidas. En suma, la Presidenta solo les ha concedido diez horas de su tiempo. Su lentitud y/o parálisis contrasta con la velocidad frenética con la que se llevan los casos del huachicol fiscal y de la Barredora.
En los últimos 50 años he visto ese guion una y mil veces. Los presidentes evaden todo lo que pueden a las víctimas y cuando se reúnen con ellas sacan la empatía y toman algunas medidas para ganar tiempo y carcomer las voluntades. Entretanto, aparecen indicios de que a Morena le interesa bastante poco el tema: en la manifestación de este año encabezada por las familias, el gobierno de la CDMX no proporcionó a los manifestantes la tribuna y el sonido para que se oyeran sus palabras.
A las madres y padres de Ayotzinapa solo les queda la unidad con otras víctimas. O las víctimas siguen fragmentadas o van camino de la irrelevancia”.
Lee la columna completa de Sergio Aguayo, en colaboración de Colaboró Elena Simón Hernández, en Reforma.

