Mientras México celebra ser sede de la Copa del Mundo, familias de personas desaparecidas aprovechan la atención global para visibilizar que el país tiene más de 133 mil personas sin localizar. Un día antes de la inauguración, madres buscadoras de al menos diez entidades convocaron una manifestación pacífica sobre Calzada de Tlalpan hacia el Estadio Azteca, donde colocaron carteles de búsqueda y leyeron un pronunciamiento que subrayaba el no pretender arruinar la fiesta, sino iluminar la búsqueda y sembrar solidaridad.
Recibiendo una respuesta institucional deplorable. Las familias encontraron un despliegue de fuerzas de seguridad que en sus búsquedas cotidianas les es sistemáticamente negado. La Secretaría de Gobernación anunció que investigaría los recursos con los que se trasladaron las buscadoras, especialmente las de Jalisco, insinuando actores ajenos a la protesta. La presidenta minimizó su presencia y declaró que en México solo había alegría. Esto resulta más insensible si se recuerda que son estas familias quienes buscan diariamente en campo, fiscalías y centros penitenciarios ante la ausencia o negligencia institucional.
Frente a esta postura, también hubo solidaridad. Periodistas, aficionados, jugadores y la comunidad internacional se sumaron. Es posible disfrutar del Mundial sin darle la espalda a la realidad del país que lo alberga. El acceso al deporte no está en disputa con el derecho a la protesta ni con el derecho de toda persona desaparecida a ser buscada. Lo que se exige es empatía y cercanía, tanto de las autoridades como la sociedad, ante una deuda que no permite dejar pasar ni un tiempo ni un partido más sin atenderse.
