Es ya lugar común decir que los tiempos que vivimos son complejos y con numerosos rasgos desalentadores. La violencia generalizada, en especial en el entorno nacional y regional, las desigualdades sociales y económicas cada vez más escarpadas y la crisis de cambio climático, que destaca como el principal desafío global insuficientemente encarado; todas esas dinámicas aparecen como consecuencias evidentes de un modelo civilizatorio que ha fallado en asegurar la dignidad de la vida para la mayoría de las personas. Ante estas condiciones de mundo, es urgente imaginar y abrir paso a otras configuraciones de futuro que corrijan el estado de cosas y reivindiquen el derecho y la posibilidad de todas las personas, sin excepción, de vivir dignamente.
Históricamente, la educación ha sido un espacio del que la sociedad espera respuestas y alternativas en momentos de crisis. No obstante, en tiempos recientes la educación y sus instituciones han sido objeto en varias partes del mundo y desde diversos frentes de una deslegitimación que pone en duda su capacidad de seguir siendo una de las herramientas más potentes para lograr el desarrollo integral de la sociedad.
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