El jinete de toros

Por Nayeli Roldán

César Manuel González Hernández, “El tlaxcalita”, como lo apodan sus compañeros de clase en la Normal, cumplió 23 años el 8 de marzo. Su alegría contagia a quien lo conoce, como a Ayelén, de 7 años, quien fue su alumna hace tres años en el kínder de Cuapiaxtla, una pequeña comunidad en Tlaxcala.

Lo recuerda, porque además de jugar con ella en el recreo, la enseñó a leer y a escribir como al resto de sus alumnos.

En una comunidad tan marginada, donde el alfabetismo es “algo normal” entre los adultos, que niños de cinco años supieran escribir las letras del abecedario y leer una oración sin pausas, para César Manuel era uno de sus tantos orgullos.

En ese entonces, Manuel hacía el primero de dos años como maestro del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), uno de los modelos del sistema educativo que atiende a los niños de las comunidades más alejadas y pobres en el país. Los voluntarios que trabajan ahí apenas reciben el salario mínimo, unos 50 pesos por día.

Aunque dormía en el suelo de uno de los salones y comía lo que las familias podían ofrecerle, confirmó su vocación. Nunca antes estuvo más seguro de que quería ser maestro.

No le importó que seguir su sueño significara renunciar a sus otras pasiones, como montar toros. Desde que Manuel experimentó esa sensación de adrenalina y comunión con el animal, no pudo dejarlo. Aunque a sus padres les parece una práctica peligrosa, nunca ha tenido un accidente. Siempre ha dicho que cuando el toro y el jinete están en medio del rodeo durante unos segundos, es un trabajo de equipo y respeto muto.

Pero para ser maestro tenía que migrar a otro estado porque la normal más cercana a Huamantla es la de Panotla, pero sólo da clases a mujeres. La única opción que no fuese una carga incosteable para sus padres era la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa.

Así llegó Manuel al municipio de Tixtla, en Guerrero. Ganó su lugar en la normal entre 800 aspirantes y, aunque extrañaba a su familia, sabía que esa era la oportunidad para conseguir el título de maestro.

También tuvo que dejar su otra afición: las carreras de coches tubulares. El suyo, amarillo con azul, lo hizo junto con su padre durante varios meses. Es una estructura donde apenas cabe el piloto, pero que la habilidad de los mecánicos convierte en vehículos que pueden recorrer una improvisada pista de tierra todos los fines de semana.

Manuel es un excelente piloto, empezó a concursar a los 14 años, y en más de una vez, ha subido al pódium. Desde julio, cuando ingresó a la normal dejó de practicar sus grandes aficiones, pero la docencia podía recompensarlo.

Siempre ha sido un consentido en la familia, pues sin importar lo que pase, sonríe y hace sonreír a los demás, en especial a las mujeres de su familia, a quienes cada diez de mayo —junto con sus primos y una rondalla— lleva serenata a su mamá, abuelita y tías. Las mismas que lo esperan  para poder abrazarlo y decirle cuánto lo extrañan y explicarle lo difícil que han sido estos nueve meses sin verlo a él y a su sonrisa.

Texto perteneciente a la campaña Marchando con letras

Ilustración de Pachy Cambiaso.

Tomada del portal #IlustradoresConAyotzinapa 

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